Desperta Ferro Contemporánea Nº 44: Los últimos de Filipinas

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El 21 de abril de 1898 comenzó la Guerra Hispano-Estadounidense, una contienda que a priori debía de haberse centrado en la isla de Cuba, que fue su casus belli. Sin embargo, pocos días después la escuadra norteamericana del Pacífico, del comodoro Dewey, llegaba frente a la bahía de Manila. Guerra deseada por los agresores y esperada por la escuadra española del contralmirante Montojo en su base de Cavite. Esta se preparó como mejor decidieron sus mandos pero, en la jornada del 1 de mayo, fue contundentemente derrotada. La pérdida de la flota galvanizó a los rebeldes filipinos, y la llegada de su líder, Emilio Aguinaldo, unos días después, hizo que la guerrilla se convirtiera en una fuerza armada que, poniéndose a disposición y a la vez esperando la ayuda del Gobierno de Washington, no tardó en poner cerco a Manila. A primeros de julio llegó a la isla de Luzón el primer contingente norteamericano, y el 13 de agosto estos lanzaron un asalto contra el perímetro defensivo la capital filipina que acabó con la rendición de la plaza un día después de la firma del armisticio entre los dos contendientes. Mientras, y mucho después, hasta el 2 de junio de 1899, un puñado de soldados resistía en la iglesia de un pueblecito llamado Baler, incrédulos ante la rendición, irreductibles al desaliento, habían resistido durante meses en defensa de un puesto militar que ya no era suyo. Eran los últimos de Filipinas.